PARASHAT QUI TETZÉ LAMILJAMÁ

Rabino Yerahmiel Barylka

La parashá de esta semana nos ofrece una descripción precisa e implacable de la guerra y sus consecuencias, causando un efecto del que nadie puede quedar indemne.

Vivimos en el contexto del ataque del 7 de octubre de 2023 y la guerra posterior, donde el trauma es continuo, afecta la capacidad de contención emocional y favorece respuestas impulsivas o moralmente desinhibidas.

Quienes mueren o resultan heridos sufren estas consecuencias en sus propios cuerpos. Pero quienes han sobrevivido al combate se ven afectados por las consecuencias de esa lucha y sus efectos que se extienden a los amigos y familiares.

La intensidad y los impulsos que la guerra y el combate suscitan en una persona no se limitan al campo de batalla. Sigue presente en la psique y el cuerpo del combatiente y se manifiesta de formas diferentes en todos los ámbitos de la vida humana.

El caso que trae la lectura de la primera parashá de la lectura semanal no nos puede dejar indiferentes.

Incluso una persona, que, en circunstancias normales y habituales, fuera del contexto bélico, se comporta con piedad y moralidad, puede convertirse en un depredador sexual y forzar una relación física con una desconocida porque la guerra provoca el abandono de las inhibiciones personales. Sin frenos emocionales no puede haber moralidad ni piedad. Quienes tratan de ocultar la verdad de los excesos hacen poco favor al buen nombre del judaísmo y postergan el tratamiento de las consecuencias de las conductas indebidas.

El Rav Kuk en Orot Hamiljamá (Luces de la Guerra) describe la guerra como un fenómeno que desestabiliza la psique, despierta fuerzas primitivas, y puede “oscurecer la luz moral”. Pero también dice que la guerra puede llevar a una purificación posterior, si se procesa espiritualmente. Es una lectura muy cercana a lo que hoy llamamos, “moral injury”, el daño interno que ocurre cuando una persona hace algo que contradice sus valores o siente que fue traicionada por quienes debían protegerla.

Rav Soloveitchik en Kol Dodi Dofek analiza cómo el trauma colectivo afecta la identidad moral. Sostiene que el sufrimiento extremo puede endurecer el corazón, reducir la empatía, y generar respuestas impulsivas.

Rav Shagar en Shevirat Haquelim (La fractura de los recipientes) describe cómo el trauma rompe las estructuras internas que sostienen la moralidad.

El midrash advierte que la guerra puede llevar a la deshumanización, y por eso la Torá insiste en límites éticos hacia el enemigo.

La Torá y la halajá establecen reglas que buscan frenar la degradación moral que suele acompañar a la guerra. Nos enseñan que los campamentos militares deben mantener normas de pureza (Devarim 23:10–15), porque incluso en guerra, importa la santidad personal. Prohíbe destruir árboles frutales (bal Tashjit) incluso en asedio. Y en los versículos de la parashá establece el tratamiento a la mujer cautiva (eshet yefat toar).

Aunque el texto reconoce el impulso desinhibido del soldado, la halajá lo regula fuertemente para evitar abuso. Los comentaristas dicen que la Torá “habla contra la inclinación” y busca frenar el impulso, lo condena y no lo justifica. Como que prevé que “buenas almas” se pierden en justificaciones de actos terribles.

El pensamiento judío reconoce que el trauma extremo puede alterar el juicio moral, que la guerra expone al ser humano a su lado más oscuro, que la comunidad debe apoyar a quienes regresan de la guerra para reintegrar su brújula ética.

La guerra es una prueba extrema de la responsabilidad moral humana, no una suspensión de ella. Por ello nuestra tradición responde a este riesgo con leyes, disciplina espiritual y una visión ética que insiste en la humanidad incluso en el caos. La psicología describe la guerra como un trauma masivo y sostenido, que altera la regulación emocional, la percepción del peligro, la capacidad de juicio moral y la cohesión social.

La guerra activa defensas primitivas y provoca un pensamiento dicotómico (“nosotros vs. ellos”) que deshumaniza al enemigo, y provoca la pérdida de empatía, por lo que se debe estar alertas para no caer en esas actitudes.

Rabinos, maestros y psicólogos sensibles afirman con claridad que el trauma colectivo empuja a la sociedad hacia posiciones rígidas, centradas en la identidad grupal, y que esta rigidez facilita la desinhibición moral.

Asimismo, la exposición prolongada al peligro, la pérdida económica, el duelo y el desplazamiento incrementan de manera contundente los síntomas de ansiedad, depresión y estrés postraumático, los cuales afectan directamente el control inhibitorio y la conducta moral.

Debemos insistir sin vacilación en la reparación y reconocer que es urgente restaurar la moral mediante el tratamiento, la comunidad y la reconstrucción de sentido.

La Torá exige con firmeza disciplina moral y ritual.

Quienes vivimos en Israel sabemos muy bien que la guerra es una realidad constante, tanto en nuestra vida nacional como en nuestra vida personal. Puede ser que estas guerras no sean fruto de nuestra elección ni de nuestra iniciativa, pero son omnipresentes en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

Debido a esta difícil situación, la sociedad israelí se ha visto profundamente afectada e incluso moldeada por la presencia constante de combates y conflictos. Gran parte de los puntos conflictivos que aún existen en nuestra sociedad —la división, la falta de cortesía, la asertividad innecesaria, etc.— son consecuencias directas de nuestro estado permanente de guerra.

Es difícil mantener las inhibiciones y la piedad en tales condiciones y ante tales consecuencias. Sin embargo, es imprescindible resistir y no perder la moral en ninguna circunstancia.

Debemos buscar la paz, no solo la ausencia de guerra. La paz es un estado de ánimo, una disposición espiritual que induce a la tranquilidad, la racionalidad y la bondad.

La condena de la Torá a la inconducta incluso en las circunstancias más difíciles de la batalla es un objetivo moral del cual nadie está libre. Es una obligación que recae sobre todos nosotros.

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Yerahmiel

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