Parashat Qui Tavó
Rabino Yerahmiel Barylka
»Escucha y presta atención, Israel«
En Qui Tavó encontramos la expresión «pueblo elegido» en las últimas palabras de Moshé a Israel: «Y el Señor te ha distinguido hoy para ser Su pueblo elegido» (Devarim 26:18).
Sin embargo, esta no es la primera vez que aparece tal designación. Dos pasajes la preceden: la primera, en el Monte Sinaí: «Y seréis para Mí un pueblo elegido de entre todos los pueblos» (Shemot 19:5); y la segunda, al comienzo del libro de Devarim, en la sección Vaetjanán: «A ti te ha elegido el Señor tu Dios para ser Su pueblo elegido de entre todos los pueblos» (Devarim 7:6).
Desde el punto de vista lingüístico y gramatical, es significativo que en las tres ocasiones donde la Torá utiliza este concepto, lo hace en tiempo futuro. Esto indica que no se trata de la descripción de una condición ya establecida, sino de una exigencia, una aspiración, una petición divina dirigida a Israel: ser ese pueblo elegido no es un título otorgado, sino una misión que debe cumplirse.
A pesar de ello, muchos —sin advertir su error ni comprender la letra de la Torá— se apresuran a proclamarse integrantes de la “nación elegida”, como si se tratara de un privilegio automático y no de una responsabilidad espiritual que debe ser conquistada día tras día.
En pocos capítulos más llegaremos a las conmovedoras palabras de Moshé en su canto de despedida, Haazinu, donde describe a Israel como «un pueblo necio y sin sabiduría» (Devarim 32:6), y más adelante añade: «pues son una generación perversa, hijos en los que no se puede confiar» (Devarim 32:20). Estas expresiones, duras y penetrantes, confirman que la “elección” no es un título honorífico, sino una exigencia moral que Israel no siempre cumple.
Conviene señalar, además, que el concepto de «pueblo elegido» en Qui Tavó no aparece en el marco de la relación de Dios hacia Israel, sino precisamente en el de la relación de Israel hacia Dios. Es decir: no se trata de un privilegio otorgado desde arriba, sino de una respuesta que Israel debe ofrecer desde abajo.
Y si alguien viniera —como tantos lo hacen— a afirmar que aquí se promete a Israel una recompensa o una distinción especial, basándose en el versículo siguiente: «Y te pondré por encima de todas las naciones que Él ha creado, para alabanza, nombre y gloria, y serás un pueblo santo para el Señor tu Dios, tal como Él ha dicho» (Devarim 26:19), es necesario aclarar que la esencia de la segulá —“Su tesoro entre las naciones”— ya había sido explicada antes de la entrega de la Torá. Por eso el texto subraya «tal como Él ha dicho»: «Y ahora, si escucháis Mi voz y guardáis Mi alianza, seréis para Mí un pueblo elegido entre todos los pueblos» (Shemot 19:5).
La enseñanza es clara: Israel es un pueblo elegido únicamente en la medida en que guarda la alianza del Señor. No existe otro tipo de elección. Rabenu Bajya ibn Pakuda lo expresa con admirable lucidez: «La grandeza de Israel no radica en que se les llame ‘pueblo elegido’, sino en la observancia de los mandamientos». Una afirmación de enorme trascendencia, que deja claro que esta condición no es biológica ni étnica, sino espiritual y ética.
Al comienzo del gran pacto de la bendición y la maldición se declara: «Y hablaron Moshé y los sacerdotes levitas a todo Israel, diciendo: “Escucha y presta atención, Israel: hoy te has convertido en pueblo del Señor tu Dios”» (Devarim 27:9). La formulación «Moshé y los sacerdotes levitas» resulta inusual y sorprendente, además de ser única en toda la Torá. Su singularidad subraya la solemnidad del momento: la identidad de Israel como pueblo de Dios no es un título heredado, sino una renovación diaria, un pacto que se reafirma con responsabilidad y conciencia.
De manera similar, leemos en la parashá Vayelej que Moshé escribió un rollo de la Torá y lo entregó «a los sacerdotes, hijos de Leví» (Devarim 31:9). En ese mismo contexto, al final de Qui Tavó, tras la bendición y la maldición, Moshé reprende a Israel y declara: «Y el Señor no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír» (Devarim 29:3).
Sobre este versículo, Rashí comenta un episodio extraordinario: «He oído que aquel día en que Moshé entregó el libro de la Torá a los hijos de Leví, tal como está escrito: “Y lo entregó a los sacerdotes, hijos de Leví” (Devarim 31:9), todo Israel se presentó ante Moshé y le dijo: “Moshé, nuestro maestro, también nosotros estuvimos en el Sinaí y recibimos la Torá; ¿por qué la pones bajo el dominio de los hijos de tu tribu, para que mañana nos digan: ‘No os fue dada a vosotros, sino a nosotros’?”. Y Moshé se alegró por ello, y por eso les dijo: “Hoy os habéis convertido en un pueblo”; hoy he comprendido que sois fieles y deseáis este lugar».
El falso monopolio sobre la Torá
Es inconcebible afirmar que los sacerdotes y los levitas posean un monopolio sobre la Torá. La interpretación de Rashí es certera y se apoya en un pasaje paralelo del Midrash Rabá, donde las palabras se expresan con aún mayor contundencia:
«¿Qué sucedió allí? Para enseñarte que los israelitas se acercaron a Moshé y le dijeron: “¿Has tomado la Torá y se la has dado a los sacerdotes?”. Moshé les respondió: “¿Queréis que se establezca un pacto por el cual nadie sea impedido de estudiar la Torá?”. Ellos dijeron: “Sí”. Se levantaron y juraron que a nadie se le impediría leer la Torá, como está escrito: “A todo Israel, para decir”. Moshé les dijo: “Hoy os habéis convertido en un pueblo”».
A estas palabras del Midrash podemos añadir la lúcida observación de Yeshayahu Leibowitz: «La Torá nos la mandó Moshé, herencia de la comunidad de Jacob». No es herencia del “Consejo de Grandes de la Torá”, ni del rabinato investido por la autoridad laica, sino herencia de la comunidad de Jacob. Por ello, nadie puede ser excluido del estudio de la Torá.
La verdadera elección
Antes de atrevernos a presumir que somos un “pueblo elegido”, debemos ser celosos en la observancia de los mandamientos y de la ética que la Torá intenta inculcarnos. Porque si para algo fuimos elegidos, fue para estudiar y cumplir las normas que pueden elevarnos desde la condición en la que lamentablemente nos encontramos, una condición no muy distante de aquella que Moshé describe en Haazinu.
La elección no es un título heredado, sino una responsabilidad que exige disciplina, humildad y fidelidad. No es un privilegio que se ostenta, sino una misión que se vive. Solo cuando Israel abraza la Torá con sinceridad y compromiso, puede decir —sin arrogancia y sin autoengaño— que ha comenzado a caminar hacia aquello que Dios le pidió ser.