El sonido puro del shofar trasciende el lenguaje racional. Toca el corazón directamente, sin pasar por el intelecto. Tiene la virtud de trascender las palabras.
El mandamiento consiste en escuchar (lishmóa) y no en producir el sonido. Nos enseña la humildad y la receptividad frente al mundo. Evoca el cordero que fue sacrificado en lugar de Yitzjak, que representa el sacrificio supremo y el perdón.
Hay quienes enseñan que el shofar es un canal cósmico. Sus vibraciones alteran el equilibrio de las fuerzas celestiales, transformando el rigor de la justicia en misericordia divina. El sonido del shofar es un soplo tosco sin articulación. Representa el alma original (neshamá) antes de que fuera fragmentada por el lenguaje humano.
La secuencia de los sonidos armoniza las fuerzas para suavizar los juicios celestiales, el combate espiritual y la confusión del Acusador místico incapaz de comprender las variaciones de los sonidos que confunden su energía, un desconcierto que le impide enumerar las faltas ante el tribunal divino. El Shofar rompe las barreras y sus vibraciones físicas actúan como un ariete espiritual que atraviesan los velos de negatividad creados por los errores del año pasado.
Los sonidos del shofar que se escuchan en Rosh Hashaná son de tipos y de calidades diferentes. Estas resonancias están reguladas por las normas halájicas; los sonidos básicos —un sonido largo y continuo, que es la tekiá; un sonido compuesto por tres gemidos cortos, el shevarim; y un sonido entrecortado de nueve toques muy cortos, la teruá— son aceptados como las notas correctas y válidas del shofar, aunque el shevarim es interpretado en algunos casos con variantes.
El pensamiento judío amplía los requisitos halájicos básicos, dotándolos de significado y profundidad en términos de metáfora y orientación. Cada sonido que emana del cuerno del shofar nos transmite una nueva lección moral sobre nuestras vidas y nuestro comportamiento. Debemos ser siempre conscientes de que cada mandamiento de la Torá tiene múltiples facetas y que hacemos un flaco favor a nosotros mismos y a nuestra fe, si abordamos la Torá de forma simplista e ingenua.
Tenemos la obligación de estudiar la Torá todos los días para ser judíos cultos, personas refinadas, capaces de ver más allá de la realidad obvia de las palabras superficiales y de apreciar la infinita sabiduría y complejidad de la Torá de Hashem. Nunca se puede dar por sentado que se comprende la Torá por completo, pero tampoco nos podemos eximir del deber de buscar el significado de la Torá hasta el límite máximo humanamente posible.
La tekiá, con su sonido largo y recto, indica la serenidad en la existencia que es tan necesaria para una vida humana y familiar productiva. También enseña disciplina y coherencia. Estos son los elementos que constituyen una familia y un hogar judíos felices y prósperos. Los niños criados en un hogar de serenidad, paz, disciplina y coherencia crecen hasta convertirse en personas con autoestima y en judíos orgullosos.La presencia del Shabat en nuestra vida semanal nos permite descubrir este rasgo supremo de serenidad en el hogar. El Shabat es una larga tekiá de veinticinco horas. Cuando el shofar no se toca cuando Rosh Hashaná, cae como sucede este año, durante el Shabat: el propio Shabat, por así decirlo, se convierte en el shofar, al menos en lo que respecta a la tekiá de la ceremonia del shofar. Su serenidad y constancia marcan el tono de toda la semana y, por tanto, de toda nuestra vida. No en vano la halajá considera la observancia del Shabat como la característica identificativa fundamental de la relación de un judío con la observancia del judaísmo, la ley judía y la tradición. Las leyes de la halajá relativas al sonido del shofar también exigen que todas las demás notas que se toquen vayan precedidas y seguidas de una tekiá. La tekiá —con sus rasgos de serenidad y constancia— representa los extremos de toda la vida judía. La tekiá es lo primero y lo último. Sin ella, las demás notas carecen prácticamente de sentido.
El shevarim representa los momentos de angustia, los lamentos que emanan de nosotros cuando el fracaso, la tragedia y los problemas aparentemente insuperables se ciernen sobre nosotros. El lamento del corazón humano es un sonido que se oye en el Cielo. Quizás la razón por la que la práctica halájica permite diferentes costumbres en cuanto al sonido del shevarim es porque no hay dos seres humanos que se lamenten de la misma manera ni pueden comparar su sufrimiento. Cada lágrima en la vida es única para quien la ha derramado. Los maestros nos han enseñado que nuestras lágrimas se almacenan, por así decirlo, en el Cielo y son contadas, una por una, por el Todopoderoso. El pueblo judío ha derramado un océano de lágrimas a lo largo de nuestra historia, pero esas lágrimas se han solidificado hasta convertirse en la piedra angular de nuestras vidas personales y de nuestra existencia nacional. Nos ha tocado ser testigos de ello como pueblo que pronto cumplirá cuatro años de guerra frente a enemigos implacables y despiadados contra todos nosotros que desean acabar con todos los judíos del mundo y cada uno, sin excepción, está obligado a enfrentar. No podemos atravesar esta vida sin shevarim y ningún judío se liberó de ellos y de las rupturas que la guerra deja en nosotros. Ahora, este año es el momento de aprovechar esos mismos sonidos de lamento para construir un futuro mejor para todos nosotros.
La Teruá, quebrantamiento y angustia, llanto y cambio estructural profundo, es un llamamiento a la acción, al logro, al ingenio y al esfuerzo. Indica que la pasividad es inaceptable si se quiere hacer realidad la misión judía. Sus breves sonidos entrecortados y resplandecientes nos recuerdan que el progreso suele ser lento, paso a paso, pero, pueden convertirse repentinamente en desbordante alegría. El significado de la teruá según el Rabino Joseph B. Soloveitchik representa el gemido primordial del ser humano ante un mundo incompleto, el despertar espiritual del alma y la confrontación con nuestras propias fallas.
La redención y la superación personal son procesos y no necesariamente una epifanía milagrosa y repentina. Tocamos el shevarim y la teruá consecutivamente como parte del servicio del shofar para indicar que, tras las dificultades e incluso las tragedias, se requiere resiliencia y acción positiva. Así, los sonidos del shofar nos señalan el camino hacia un año sereno, disciplinado y activo que estará lleno únicamente de gritos de alegría y felicidad.
“Tizkú leshanim rabot, neimot vetovot.” תִּזְכּוּ לְשָׁנִים רַבּוֹת נְעִימוֹת וְטוֹבוֹת
Que tengan el mérito de muchos años, agradables y buenos.
Jag Sameaj,