La Mishná enseña que «en Rosh Hashaná, todas las criaturas pasan ante Él como «benei maron». La Guemará pregunta: ¿Qué significa la expresión «benei maron»? Y responde: Aquí, en Babilonia, la interpretaban como: «Como un rebaño de ovejas» [kivnei imarna]. Reish Lakish no estaba de acuerdo y dijo: «Como la subida a Beit Marón, que era muy empinada; quien se encontraba en la cima podía ver a todos los que subían la montaña de un solo vistazo». Rav Yehudá dijo que Shmuel había expresado otra opinión: «Como los soldados de la casa del rey David, a quienes se podía ver de un solo vistazo». Raba bar bar Jana dijo que Rabí Yojanán dijo: «Y todos son abarcados de un solo vistazo». Rav Najman bar Yitzjak dijo: «Nosotros también aprendemos esto en la baraita: El versículo dice: “Él formó el corazón de todos ellos; Atento está a todas sus obras” (Tehilim-Salmos 33:15). ¿Qué quiere decir este versículo? Si decimos que lo que quiere decir es que Él creó a todos y une todos sus corazones, surge una dificultad, pues ¿no vemos que no es así, ya que los corazones de las personas no están unidos ni se parecen entre sí? Más bien, ¿no es esto lo que quiere decir: que el Creador ve sus corazones en conjunto y considera todas sus obras de un solo vistazo? (Rosh Hashaná 18a).
Toda inspección, encierra un elemento de din, de juicio cuyo propósito es verificar que todo esté en orden.
En la inspección previa a la guerra, los oficiales instruyen que quien sea “temeroso o débil de corazón” regrese a su casa, para no desmoralizar a sus compañeros. La inspección no solo fortalece, sino que depura. La Torá nos advierte que un censo —otra forma de inspección— entraña peligro, como se vio en el recuento de David (II Shmuel 24). La inspección despierta la midat Hadín, el atributo de juicio; activa el ayin hará, el ojo que busca defectos y carencias. Cuando cada individuo es examinado de manera aislada, el juicio es inevitable y difícil de soportar.
Pero, el juicio de Rosh Hashaná es distinto precisamente porque la inspección es colectiva: “un solo escaneo”, “como un rebaño”, lo que neutraliza la severidad del juicio y permite que seamos evaluados con un ojo favorable.
El colectivo absorbe en él a todos, los mejores y los peores, como las especies del sahumerio del Templo una de las cuales olía muy mal, pero sin ella el aroma no puede ascender a las alturas celestiales, como las representaciones poéticas de las cuatro partes del Lulav y el Etrog cada una representando a otra categoría, lo queramos o no.
En Rosh Hashaná, al pasar de un año al siguiente, Hashem forma a Sus huestes para la inspección. La formación demuestra por nuestra parte la aceptación de la autoridad: la potestad y la autoridad del Comandante. La inspección permite fortalecer la moral, ajustar filas, seleccionar a quienes están listos para la campaña y enviar a casa a quienes podrían perjudicarla y permite ver quienes huyeron de la responsabilidad y renunciaron a su parte del pueblo. También ofrece la oportunidad de ordenar correcciones finales: Hashem nos concede diez días para rectificar y mejorar.
Por ello, en Rosh Hashaná no nos presentamos como individuos sometidos a juicio, sino como un cuerpo sujeto a inspección. Se nos ordena estar firmes. Se nos prohíbe mencionar el pecado. Se nos insta a liberarnos de la angustia. Proclamamos con fuerza: “Hashem, Dios de Israel, es Rey, y Su Reino domina, sobre todo.”
La inspección divide a los soldados en tres “libros”: la mayoría de los supervisados serán aptos para la batalla; una minoría, será enviada a casa; y un tercer grupo, entre los que requieren mejoras específicas. Tres libros, una sola inspección, y todas las criaturas pasando ante Hashem como soldados —o como ovejas. La interpretación que compara benei marón con ovejas subraya la naturaleza impersonal del examen: comparecemos como un rebaño, sin que la mirada penetre en los recovecos íntimos de cada uno. La acusación pérfida queda bloqueada por la naturaleza misma de la inspección.
“Yo habito entre mi pueblo”
Esta idea surge de una enseñanza del Zohar: en Rosh Hashaná es inapropiado formular peticiones personales. Si el día fuera un juicio individual, esto sería incomprensible. ¿Cuándo presentar una súplica sino en el momento del juicio? El Zohar explica el principio mediante las palabras de la mujer sunamita: “Yo habito entre mi pueblo” (II Melajim 4:13). El profeta le ofrece ser mencionada ante el rey —interpretado por el Zohar como el Rey de Reyes en Rosh Hashaná— y ella rehúsa. Su respuesta enseña un principio fundamental: “Cuando el mundo es llamado a cuentas, no conviene que el individuo sea mencionado por separado, pues la mención de su nombre despierta el recuerdo de sus faltas y lo expone al escrutinio… Quien permanece entre su pueblo no atrae atención sobre sí y escapa a la crítica.” (Zohar I:69b)
El anhelo del soldado en inspección es permanecer “entre su pueblo”, en la formación, sin singularización. En Rosh Hashaná debemos enfatizar nuestra pertenencia al conjunto: familia, comunidad, ciudad, nación. Así se supera la inspección del día.
Rosh Hashaná es un juicio orientado al futuro: se inspecciona nuestra preparación para la campaña del año venidero, pese a nuestras faltas. La postura del pecador que se inclina, lamenta y suplica expiación es inapropiada para este día.
En Rosh Hashaná debemos erguirnos, llenos de entusiasmo y disposición, listos para ocupar nuestro lugar en la misión nacional que define al pueblo de Israel: “Este pueblo he creado para Mí; Mi gloria narrarán” (Yeshayahu 43:21). Por ello, es un día de alegría y esperanza y no debemos golpearnos el pecho ni mencionar pecados. En él, no me justifico, no me excuso, ni necesito reconocer mi fragilidad. Me siento protegido para poder iniciar otro año.
La memoria de los seres humanos es selectiva, arbitraria y, en no pocas ocasiones, defectuosa e imprecisa. Que sea tan poco fiel puede ser a veces una ventaja, porque hace que los problemas que tanto dolor nos crean pueden amenguar, hasta que llegamos a Rosh Hashaná con la memoria perfecta del Cielo y su capacidad de recordar absolutamente todo que nos impide huir de nuestras responsabilidades.
No solo se recuerdan y juzgan todas nuestras acciones y palabras, pensamientos e intenciones, sino que son recordadas de manera objetiva y veraz, sin prejuicio ni sesgo alguno. Eso convierte a Rosh Hashaná en el “Día del Recuerdo”. Existen seres humanos dotados de extraordinarias facultades de memoria, pero incluso ellos son falibles. Pero ¿qué elegimos recordar y qué relegamos, sublimamos o decidimos olvidar?
Hemos elegido recordar otras cosas de menor importancia: frases necias y ofensas imaginadas, estadísticas irrelevantes y opiniones erróneas, egos magullados y celos por los logros ajenos; y hemos arrojado al desván del olvido aquellas memorias fundamentales que deberían guiar nuestra vida.
Rosh Hashaná exige un examen de nuestra memoria y de nuestro olvido. El profeta proclamó hace mucho que Israel fue infiel porque «Yo —dice Dios— fui olvidado». Es el olvido lo que engendra la ignorancia de la propia herencia, de la fe y de la identidad. Y es esa ignorancia la que crea el clima de pecado y asimilación, de violencia, de codicia y avaricia que amenaza nuestra existencia como pueblo y como Estado. ¡Ay de quienes ya no recuerdan, pues sin conciencia de su pasado, su futuro está condenado!
En Rosh Hashaná leemos en las sublimes plegarias del día que existe, por así decirlo, un libro de recuerdos en el Cielo —un libro de memoria. Y en ese libro, cada uno de nosotros tiene una página dedicada a nuestras acciones y conducta en esta vida terrenal. No solo eso: nuestra firma y nuestro sello aparecen en esa página, atestiguando la veracidad de lo allí escrito. Esa página nos recuerda aquello que hemos olvidado, y si ese olvido fue voluntario o no. Y Hashem, nos da la oportunidad de enmendar los errores en los días venideros hasta la llegada de Kipur.
Esta paradoja es esencial en nuestra vida y no marca contradicciones ya que tocamos conceptos diferenciados.
Recordar es el auténtico catalizador del arrepentimiento y de la superación personal. Para expresarlo en el lenguaje común de nuestros días, Rosh Hashaná debería servir como nuestro “autorretrato” definitivo. Pues esa actitud de contemplación de uno mismo refleja nuestra fascinación por recordarnos y conocernos profunda y verdaderamente. En el día en que todo es recordado en el Cielo, también nosotros, aquí en la tierra, debemos esforzarnos por recordar nuestras acciones pasadas, nuestras actitudes y nuestra conducta, sabiendo que nada se olvida para poder subsanar lo pasado y comenzar un ciclo mejor para este año nuevo en el que tanto tenemos que invertir para no repetir errores del pasado.