Rabino Yerahmiel Barylka 

   הָרַחֲמָן הוּא יִשְׁבּוֹר עֻלֵּנוּ מֵעַל צַּוָּארֵנוּ, וְהוּא יוֹלִיכֵנוּ קוֹמְמִיוּת לְאַרְצֵנוּ

“El Misericordioso romperá nuestro yugo de nuestros cuellos, y nos conducirá a salvo a nuestra tierra” [De la bendición de gracias por los alimentos].

Con sobrecogimiento y amor escribo estas palabras en la víspera del Día de Conmemoración de los Soldados Caídos y las Víctimas del Terrorismo, cuando todavía clama desde la tierra la sangre de quienes se alzaron en defensa del pueblo, y la de los civiles que perecieron desde aquel oscuro Sheminí Atzeret cuya herida todavía no ha encontrado reposo.

Cada día que pasa añade un nuevo estrato al dolor, y este asciende como incienso amargo, entrelazándose con el duelo antiguo que acompaña a Israel desde antes de ser pueblo entre los pueblos.

La visita a los cementerios militares —que en otros tiempos pertenecía casi solo a los íntimos— se ha transformado en un acto de toda la comunidad. Muchos sienten el llamado de acercarse a las tumbas y a los hogares de los dolientes, para honrar memorias que ya se han unido a la eternidad. Solo permanecen lejos quienes, aun habitando esta tierra, mantienen su espíritu en exilios interiores que los apartan del duelo compartido.

Hace 90 años, en Haaretz publicado en la Palestina bajo Mandato Británico publicó: «Desde los albores de nuestro nuevo movimiento nacional supimos que la patria renovada no nos sería concedida como un regalo de los cielos. Sabíamos que la Tierra de Israel solo se conquista con sufrimiento y sacrificios. Y si es una trágica necesidad que volvamos a conquistar la tierra de nuestros padres no solo con amor, justicia y derecho, no solo con el sudor de nuestra frente… sino también con el sacrificio de la vida y la sangre de nuestros hijos, los constructores de nuestra patria, aceptaremos ese destino». Y, agregó: «Ninguna calamidad nos hará abandonar nuestro lugar. Ningún atentado sangriento, ninguna conspiración de malhechores podrá hacer retroceder la rueda de la historia ni romper nuestra antigua y nueva alianza con esta tierra. La comunidad judía en esta tierra… es una realidad irreversible. Una realidad que forma parte del ambiente y del sol de la tierra, como su cielo azul en los montes de Yehudá y en el mar Mediterráneo. Frente a esta realidad natural no se mantendrá la propaganda de los «líderes», ni se mantendrán los actos de crimen y sangre… De vez en cuando nos sacude una tormenta de odio y sed de destrucción. Pero incluso estas tormentas revelan y fortalecen nuestro poder, templan nuestra voluntad, despiertan y animan nuestro espíritu».

Ninguna ceremonia oficial, ninguna obra de instituciones o comunidades, en Israel ni los actos de la Diáspora, puede contener por completo la hondura de este dolor. Y es triste reconocer que la división que atraviesa al pueblo hará que algunos se aparten incluso de estos momentos de silencio y recogimiento. Por ello, todos —sin excepción— deberíamos buscar en ese día un sendero que nos eleve por encima de los resentimientos acumulados, y rechazar con firmeza a quienes siembran discordia entre hermanos.

Israel pasa de la tristeza a la alegría sin transición alguna, como quien cruza un umbral invisible entre la noche y el alba. Y mientras la guerra no cese por completo, garantizando la paz de sus habitantes por largos años, la celebración de la Independencia no podrá vivirse con plenitud.

Pero reconocer e interiorizar la grandeza de este hito en la historia del pueblo judío es, en sí mismo, un acto de conmemoración. Si en lo íntimo no sentimos la singularidad de la ocasión, ninguna ceremonia podrá llenar ese vacío.

En estos días, en los que naciones y pueblos que parecían haber superado su antisemitismo lo expresan sin tapujos, poniendo en riesgo no solo las relaciones entre países sino también la seguridad de sus comunidades judías se hace más evidente que nunca la necesidad vital de un Estado independiente.

La existencia y el florecimiento del Estado de Israel no son solo hechos históricos: son un pulso que debe sentirse en la emoción y en el espíritu, como un latido antiguo que vuelve a despertar. Los acontecimientos recientes han hecho que muchos hermanos —incluso aquellos que vivían lejos, en cuerpo o en alma, y que creían que la historia avanzaba sola— descubran que nada de lo que ocurre aquí les es indiferente. La realidad nos ha recordado que somos un solo pueblo, tejido por un destino que atraviesa océanos, generaciones y silencios.

El profeta Yejezkel proclamó hace dos mil quinientos años que Israel no es como las demás naciones. Cuando intenta reducirse a ese molde, pierde su brillo, su voz interior, su razón de ser. Y entonces, incluso la existencia del Estado puede parecer un error o un accidente, cuando en verdad es un renacer largamente anunciado, un eco de promesas antiguas que vuelven a tomar forma en la historia.

Hemos fallado, a veces, en transmitir las lecciones que dieron origen a este renacimiento: las que levantaron al pueblo judío del polvo tras el Holocausto y lo impulsaron a reconstruir vida donde solo había ruinas. Necesitamos una educación que no solo informe, sino que despierte; que hable al corazón judío, que encienda la memoria espiritual, que inspire responsabilidad, pertenencia y esperanza.

Mientras tanto, celebramos la existencia del Estado con gratitud profunda. Y trabajamos —con manos firmes y espíritu decidido— para corregir errores, sanar heridas, fortalecer su seguridad y expandir su prosperidad, para que la justicia pueda echar raíces y florecer en su suelo.

El Maharal enseña en Netzaj Israel que el exilio es una distorsión de la forma natural del pueblo judío. La redención comienza cuando la nación recupera su unidad interior, regresa a su tierra y reconstruye su soberanía. Estamos viviendo ese proceso: un retorno lleno de desafíos, de luces y sombras, pero cargado de sentido.

Por eso celebramos, incluso con lágrimas en los ojos. Porque estamos reaprendiendo a caminar por la senda de la redención. Y como quien aprende a caminar de nuevo, tropezamos, caemos y nos levantamos. Cada caída es parte del movimiento; cada paso, incluso el más incierto, es una señal de vida. Y en ese avanzar imperfecto, pero lleno de fe, late la promesa de nuestro futuro para nosotros y nuestra descendencia.

Jag Haatzmaut Sameaj

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